La fuerza simbólica de Neuschwanstein ejerce una fascinación universal a través del vínculo indisoluble que une la arquitectura romántica idealizada y la trágica experiencia vital de su dueño. Ya que Luis II no podía seguir siendo soberano en su verdadero reino, terminó por crear sobre los escarpados riscos del barranco de Pöllat un mundo propio a partir de leyendas y cuentos.
Ya de niño le había impresionado al príncipe el ambiente medieval del palacio Hohenschwangau, en el que se había criado. Mediante la construcción de Neuschwanstein a partir de 1869, Luis II unió elementos del castillo del Wartburg, un símbolo alemán que acababa de ser renovado un año atrás, entre ellos el castillo del Grial de la ópera “Parsifal”, de Wagner.
Neuschwanstein, que no recibió este nombre hasta después de la muerte de Luis II, se asocia con imágenes del románico alemán del siglo XIII. La parte sur no se terminó hasta 1891, cinco años después de que el rey muriera en el lago Starnberg en extrañas circunstancias.
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